martes, 13 de febrero de 2018

Quincy Jones, 'Giant Steps', Slonimsky y John Coltrane




Supongo que ya todos los presentes están enterados de las tres entrevistas a Quincy Jones que se han publicado en menos de dos semanas. Si no es así (o simplemente os apetece repasarlas) no dejéis de leerlas (por ahora sólo en inglés).




Quincy Jones fotografiado en 2008 (© Glenn Francis, www.PacificProDigital.com)



La primera y la tercera han sido publicadas en las ediciones estadounidense y británica de GQ el 29 de enero y 10 de febrero). La segunda entrevista (del 7 de febrero) la encontraréis en la revista Vulture. Esta última tiene la clave para la razón de ser de este artículo que estáis leyendo.

Evidentemente, el material que se ofrece en entrevistas tan extensas a una personalidad locuaz y con tal bagaje musical y vital como Quincy Jones no podía pasar inadvertido. El productor, compositor, arreglista, intérprete, etc, etc, ect ha estado y sigue estando a sus casi 85 años en todos los saraos imaginables y, lo que es aún mejor para nosotros como lectores, en los inimaginables. En ese sentido la entrevista más completa es la que corresponde a la larga charla con David Marchese en Vulture. Desde sus andanzas con Charlie Parker, Ray Charles, Frank Sinatra o Marlon Brando hasta cómo se libró de formar parte de uno de los episodios más espeluznantes de la historia de EE UU: estaba invitado a cenar en la casa de su vecina, Sharon Tate, la noche en la que la familia Manson asesinó a todos los comensales (incluyendo al peluquero de Jones, con el que había estado charlando ese mismo día).

Si con la entrevista de Vulture se quemó el nivel VI de Troya, la de GQ se encargó del resto de los niveles. Pero son las conclusiones sacadas de sus declaraciones las que han hecho arder todos los palacios micénicos.










Y es que entre los internautas se dudaba enfáticamente de, básicamente, todos los hechos que aportaban las declaraciones de Quincy Jones (vamos acercándonos al porqué de este texto). Poco a poco se ha ido comprobando que no mentía. ¿Que Marlon Brando mantenía relaciones sexuales con todos y todo cuanto se le antojaba, incluyendo el actor Richard Pryor…? ¡Imposible!

... Hasta que la viuda de Pryor confirmó que era cierto.

Uno de los grandes revuelos se formó en torno a las declaraciones de Jones sobre su primer encuentro con los Beatles. Eran unos chavalines, McCartney contaba con apenas 21 años y al entrevistado le parecieron unos instrumentistas horribles. Claro está, miles de fans han puesto el grito en el cielo. Pero hay que tener en cuenta que hablamos de los comienzos del grupo, y la opinión la da alguien que había estado rodeado por gente como Charlie Parker, Count Basie, Ray Charles, Gillespie, Mingus (y había presenciado, por ejemplo, la grabación de Kind Of Blue). De todos los dones musicales que tenían los Beatles, el virtuosismo en su instrumento no era el destacable y, además, tampoco lo necesitaban.

Llama la atención que el enfoque de los lectores haya recaído en estas cuestiones cuando, al ir confirmando ciertas revelaciones (excepto la de la muerte de Kennedy, claro está, aunque ahí lo deja Jones) era inevitable que aficionados y profesionales del jazz nos centráramos en sus declaraciones acerca de Giant Steps, el mítico tema de John Coltrane, que atribuye a un ejercicio que aparece al comienzo del libro Thesaurus of Scales and Melodic Patterns, de Nicolas Slonimsky.

Es conocida la dedicación de Coltrane a este libro y, tal y como se dice en la entrevista, era habitual ver al saxofonista cargar el libro ya desgastado por doquier.



Thesaurus of Scales and Melodic Patterns,de Nicolas Slonimsky (1947)



Pero de ahí a asegurar que Giant Steps es de Slonimsky hay un trecho. Sin embargo, visto lo visto, la curiosidad nos pudo y un grupo de personas hemos estado investigando sobre ello. Aquí os dejo varias conclusiones:
Slonimsky publicó Thesaurus of Scales and Melodic Patterns doce años antes de la composición de Giant Steps (el tema. El disco se publicó al año siguiente, 1960).


En este punto del siglo XX las visiones intrépidas de armonía no eran nuevas en música ni mucho menos en jazz. El asunto va más enfocado a la teoría y práctica musical que obsesionaba a Coltrane, buscando todos los modelos de escalas posibles. Y este estudio llevó a lo que hoy conocemos como los Coltrane Changes (o “Cambios Coltrane”).









Estas progresiones evolucionaron a lo largo de sus composiciones: desde Countdown (basado en el Tune up de Miles Davis) a Giant Steps (con los mismos ejes tonales).


















Se había conjeturado con el origen de esta secuencia mítica de Coltrane, sobre la posible influencia de Slonimsky; lo que estamos confirmando ahora es que la segunda parte de la melodía de Giant Steps coincide con una de las primeras armonizaciones que aparecen en el manual de Slonimsky que Coltrane tanto había practicado. La secuencia melódica es precisamente la que aparece en el ejemplo al comienzo del libro.












La composición de Coltrane abarca, claro está, mucho más que estos acordes de Slonimsky, pero desde el punto de vista de la historia de la música es un dato realmente revelador, que nos hace meditar —una vez más— sobre el valor de la inquietud en el músico, la práctica constante, la formación más allá de las titulaciones, la curiosidad… ¿Tendríamos Giant Steps sin la dedicación de John Coltrane y su compromiso personal con lo que hacía? ¿Sin esa relación con un libro editado en 1947? No puedo contestar a eso y tampoco quiero hacerlo porque realmente lo que más importa en este asunto son las preguntas.










© del texto: Mirian Arbalejo


domingo, 28 de enero de 2018

Leonard Bernstein y el Jazz (I). Prólogo: '2018, Año Bernstein'




Leonard Bernstein fotografiado por Jack Mitchell






«...Siempre fue más imponente que la vida pero resultó estar por debajo de la muerte. De manera asombrosa, simplemente ya no existe.»


Burton Bernstein fue uno de los pocos familiares capaces de dominar por un momento la pesada emoción que sojuzgaba aquel salón y pronunciar unas palabras en la despedida a su hermano Lenny.

Era la mañana del 16 de octubre de 1990 en el apartamento de Leonard Bernstein en el edificio Dakota de la ciudad de Nueva York, una ciudad en luto, que sufrió la pena hasta tal punto que entregó a un músico la despedida reservada a los jefes de estado. Sí; salvas, calles cortadas y escolta policial para el cortejo fúnebre… pero también obreros quitándose a su paso el casco y diciendo «Adiós, Lenny».

¿Qué existencia logra algo así? ¿A qué hombre se despide de esa manera? ¿Quién conquista a líderes o a obreros de igual forma?

Este es el puzzle que os propongo que vayamos resolviendo juntos a lo largo del año (si lees este texto en 2021 o, siendo optimistas, 2068, por favor, sigamos/seguid haciéndolo). Será el Reto Leonard Bernstein que os invito a compartir allá donde estéis con la excusa de que el 25 de agosto de 2018 celebraremos el centenario del nacimiento de un hombre que se definía a sí mismo con una sola palabra: músico.

Parte de ese ejercicio de ir moviendo capas y capas de transparentes visillos consistirá en descubrir, recordar y celebrar el papel del jazz en la vida y el legado de Leonard Bernstein.

Para comenzar esta aventura no puedo dejar de recomendaros que visitéis The Bernstein Experience on Classical.org, donde estaréis al día de los eventos a lo largo y ancho del planeta, encontraréis material inédito y podréis escuchar la obra del maestro 24 horas al día.

Cuento con vosotros para compartir este hermoso centenario, conocer vuestras debilidades (o incluso vuestras fobias) de quien acabará convirtiéndose en breve en nuestro amigo Lenny, estar al día de qué eventos ofrecen vuestras ciudades (y sobre esto escribiré próximamente) y permitirnos unos a otros entrar en nuestros teatros o en el salón de nuestras casas.

Mientras escribo estas palabras estoy escuchando Jeremiah, la primera sinfonía que compuso Bernstein, en una versión de la Orquesta Filarmónica de Israel dirigida por el propio Bernstein y editada por Deutsche Grammophon. Lo compartiré en redes con los hashtag #RetoLeonardBernstein y #BernsteinAt100. Confío en que los recordéis para poder seguir vuestras andanzas en el año Bernstein y vivir la aventura juntos.


Quiero, además, agradecer a Terry Teachout sus recomendaciones respecto a la bibliografía, que han resultado ser, cómo no, redondas.


Nos vemos pronto. Ahora, ¡a celebrar!







© Texto: Mirian Arbalejo



domingo, 31 de diciembre de 2017

15 Buenos Discos de 2017









En la realidad frustrante de no poder acceder a todo disco que ve la luz en el mundo sólo
reconforta el hecho de que parte de esa música es escuchada.

2017 además ha sido especialmente prolífico en jazz; por ello mi selección de discos favoritos
del año es algo más extensa. Por desgracia es necesario poner un límite que responde básicamente
a la gestión de mi tiempo (seguiría añadiendo discos que he disfrutado especialmente en un lista de 20 ó 30)
y a la generosidad del vuestro al acudir a ésta ya tradicional cita del último día del año.


Sin estas limitaciones de acceso a toda música y utópicas agendas vacías, nos encontraríamos
—o, más bien, me encontraría yo— en un escenario perfecto. Aun así, no encuentro justo lamentarse
por las cartas que se han repartido en esta mano de 2017 porque gracias a la cata musical
de unos 300 discos, estos 365 días han sido mejores, han traído dignidad, belleza y refugio.

Agradezco profundamente todo ello.


Aquí tenéis mis 15 discos favoritos de 2017.





Agrima. Rudresh Mahanthappa Indo-Pak Coalition (Producción propia)














Este trío de herencia india, paquistaní, inglesa y americana lleva a sus espaldas más de
una década de buscados encuentros. El saxo alto de Mahanthappa un ente con vida propia
en el jazz contemporáneo, narra con su estilo de estilos en esa voz que posee una mochila
de matices que enriquece y se deja enriquecer por el trío que conforma junto con Dan Weiss
y Rez Abbasi. Un trío que, en realidad, suena como un sexteto; donde los efectos electrónicos
juegan a favor.

Agrima consigue lo impensable: que no echemos de menos los cantos entrelazados de
Mahanthappa y Adam O’Farrill que consiguieron llevarnos a enfrentar una belleza
paralizante en Bird Calls.










Autumn Wind. Scott DuBois (ACT Music)













Las espectáculo y la belleza que ofrecen las estaciones siempre han sido rotundo motivo
de inspiración del que todas las artes se han nutrido. Desde la cantada primavera de
Virgilio en sus Bucólicas hasta el verano de los pinceles de Sorolla.
Por alguna razón el otoño parece especialmente celebrado en el jazz (tanto que tiene su
propio estándar). Pero lo cierto es que existen ciertas características en este Autumn Wind
de Scott Dubois que trascienden con mucho un mero homenaje (como ya sucedió con
Winter Light) y presenta una experiencia sinestésica pues, escuchando dentro de una
estancia, logrará que sintamos ese viento de otoño en la piel y nos llenemos de asombro
al observar el cambio de los colores en las hojas.


La concepción y desarrollo compositivo de la obra comenzó con doce partituras para cuarteto,
cada uno comenzando con una nota diferente —como cada día en el cambiante otoño—,
pero pronto avanzó hacia la idea de los 12 instrumentos —incluyéndolos de uno en uno
en cada tema—, con secciones de viento y metal necesarios para dar voz a los fenómenos
que describe.


Sin duda estas decisiones artísticas son clave para la narración de estas composiciones,
que logran una sorprendente capacidad de creación y un don que supera lo impresionista
hasta hechos directamente descriptivos más allá del pentagrama, logrando cegarnos con
el Mid-November Moonlit Forrest o ver bailar la Autumn Aurora Borealis.



















Beatus Ille. Rufaca Folk Jazz Orchestra (SeedMusic)














Oído a este disco. Corazón a este disco.


Al escuchar la música de Rufaca (un tipo de ventisca capaz de levantar auténticas «olas» de
nieve en las montañas) una se pregunta si Locus Amoenus fue en algún momento un
candidato para titular este trabajo porque las melodías —protagonistas de este meticuloso
viaje sensorial— no responden a un azar ubicuo sino a un legado específico: la música
tradicional que ha sonado durante a saber cuánto tiempo en el Pirineo.


Estas melodías se asientan (o más bien se entrelazan como hiedra) en torno al fuste de
las orquestaciones de Sergi Vergés, capitán de este barco. De modo que, sí, nos
encontramos ante una «Folk Jazz Orchestra»: jazz por la inevitabilidad en los arreglos
de Vergés, y folk porque podríamos decir que se trata de música con Denominación de
Origen Calificada.


La orquestación más relevante del año.











Body And Shadow. Brian Blade & The Fellowship Band (Blue Note

Records)










Un trabajo de The Fellowship Band es un evento que esperamos siempre con avidez y
curiosidad. Esta justificada expectación en realidad suele ser un punto de partida tramposo
a la hora de enfrentar un trabajo. Pero cómo no hacerlo si aún resuena en nosotros Landmarks
y hace tres años de su publicación.
Su sonido sigue creando en quien escucha ese asombro, logrando que nos preguntemos
cómo es posible unir lo espiritual y lo terrenal en un mismo acorde.











Bringin’ It. Christian McBride Big Band (Mack Avenue)














Por momentos, uno de los discos con más swing del año.
Hay que tener en cuenta que uno de los temas del álbum se titula Mr. Bolanges, con lo cual
este trabajo no puede ser otra cosa que copasético.
Tras conseguir encontrar hueco entre sus múltiples ocupaciones, McBride vuelve a reunir su
Big Band (con nuevas incorporaciones) y lo hace con una selección peculiar de temas: desde
composiciones propias hasta el Thermo de Freddie Hubbard o Full House de West Montgomery
pasando por una versión más inventiva del Sahara de McCoy Tyner que rompe por momentos
la rectitud de una orquesta que nos llevará a escenarios aún más interesantes cuando trascienda
esa cierta formalidad y se desmelene definitivamente.










Danza Imposible. Marta Sánchez Quintet (Fresh Sound)















Si con Paternika la compositora y pianista Marta Sánchez reclamó nuestra atención, con
Danza Imposible nos encontramos atrapados en una tela de araña de la que es inútil tratar de
escapar hasta que suena la última nota del disco.

La riqueza compositiva de los temas y el sonido peculiar conseguido por el quinteto crean
texturas musicales que llaman a la caricia o al desasosiego, con conquistas armónicas que
rozan lo mistérico.

No podemos dejar de absorber todo lo que sucede en Danza Imposible —pero nunca
utópica— como quien visita una exhibición pictórica en la que los cuadros cobran vida,
respiran y se transforman sin abandonar su marco.















Duke’s Dream. Enrico Pieranunzi y Rosario Giuliani (Intuition)












El título del disco lo dice casi todo. Tenemos un dúo de jazz que homenajea no a un compositor
esencial para entender la música del siglo XX sino a dos. No importa que lo llamemos Duke’s Dream;
este trabajo de expresión, respeto y disfrute es dos a dos. Por un lado los que dejaron el legado:
Ellington y Strayhorn, y, por otro, quienes toman el testigo para recordarnos esta música
atemporal e increíble. El piano de Enrico Pieranunzi y los saxos de Rosario Giuliani.


No hay año que no tengamos disco basado en el tremendo amor al legado de Ellington
(Matthew Shipp Trio, Fabrizio Bosso/Paolo Silvestri). Y el de 2017 viene en dúo.












Feefifofum Quartet. Feefifofum Quartet (Youkali Music)


















Cuenta Carlos Ibáñez, compositor y contrabajista de esta aventura, que pese a su confesa
debilidad por Wayne Shorter, la elección del título del disco y del propio cuarteto responde
a un argumento nada mitómano, sino a cómo, años atrás, bautizó así un cuarteto, satistecho
con la idea que que cada sílaba representara a un instrumento y creara aquella onomatopeya
con aliteraciones fonéticas que, finalmente, en este Feefifofum Quartet se convertirán en
una herramienta musical, transitando los afelpados fraseos de la música que ofrece el
cuarteto.


Sus composiciones, todas originales de los miembros del cuarteto, muestran la empatía
del grupo, capaz de existir como un ente único sin perder la individualidad en la interpretación
cuando ésta lo precisa; utilizando su talento para crear algo común y claro pero nunca para
forzar fuegos artificiales superfluos. La sólida narrativa y la trascendencia de las etiquetas
consiguen una honestidad que debemos poner en valor.


Recuerdo que conversando sobre este disco en redes sociales, el fotógrafo José Horna me
comentó que lo consideraba jazz matagigantes. No lo he olvidado. Básicamente porque
lo es.














Far From Over. Vijay Iyer Sextet (ECM)











Al escuchar el increíble paso a sexteto de Vijay Iyer queda la clara impresión de que si cada
uno de los instrumentos grabaran su partitura en discos aparte, tendríamos ya un trabajo
de gran valor. El hecho de que esta brillante comunión suceda hic et nunc es un absoluto reto
estético y vital para quien escucha.

Far From Over es un exponente vibrante de todo lo que acontece en el panorama de la
música contemporánea.


Ofrece más de lo imaginable y ese increíble don lo convierte en un trabajo terminantemente
perentorio en su acepción más concluyente.











Fly Or Die. Jaimie Branch (International Anthem)

















Sin duda el bautizo del año. Quien no se ha pasado aún por el banquete no terminará de
hacerse una idea completa de la foto de familia de 2017.


La compositora y trompetista tiene tanto que expresar que nos llevará de habitación en
habitación en esa casa de insania urbanita sin tomar respiro y, sobre todo, sin retomar
el aliento o la atención para enfrentar lo que se nos viene al abrir cada puerta. Nos dará
nuestro respiro —no necesario pero sí deleitable—; una calma ficticia en un juego acústico
y de efectos electrónicos donde si nos dejarnos guiar por la melodía seremos sentenciados
a dejar de escuchar y, simplemente, dejarnos llevar.













Happy Song. Anat Cohen Tentet (Anzic Records)














La compositora y clarinetista Anat Cohen ha decidido no optar por el término orchestra ni
dectet. Y muy bien que hace. Ya bautizó en su día Marty Paich Dek-Tette a su agrupación,
bien puede decantarse Cohen por Tentet, máxime cuando este trabajo supone un tejido musical
de inventiva, posibilidades y, sobre todo, optimismo (y gracias por ello). Celebra el centenario
discográfico del jazz con su particular homenaje a lo que sucedía en torno a la Original Dixieland Jazz Band,
nos invita a su paseo por el chicago de la década de 1930, los ritmos brasileños o un
pentagrama yidis.

Todo ello en una lección de versatilidad del clarinete que no pretende serlo.








Harmony of Difference. Kamashi Washington (Young Turks)



















No creo que muchos lo pusieran en duda pero no, definitivamente The Epic no fue un espejismo
ni flor de un día. Si aquello fue un encuentro entre el hombre y la deidad (musical, universal…
a elección de quien escucha), Harmony of Difference son las Tablas de la Ley del propio
Washington relatadas a través de la calidez y la honestidad de que sigue valiéndose como
ser humano que crea música para sus hermanos en este mundo imperfecto.


Si Desire abre el disco, cerrará el círculo con Integrity; y es que entre el deseo y la integridad
se mueve este inquieto mestizaje de instrumentos, efectos y melodías. Su saxo no grita libertad,
sino humildad, convirtiendo su tema Humility en una reivindicación.


Es trascendental en Harmony of Difference entender que estos estados humanos (el
conocimiento, la integridad… en fin, cada uno de los títulos que propone el disco) no
deben entenderse como pinceladas vitales. No. Todos ellos son incluidos, cantados
—echábamos en falta el trabajo polifónico y aquí estaba— interlazados y transformados
en Truth. Es la armonía de la diferencia; sí, también musicalmente. Porque es la verdad
lo único que contiene al resto.





Long Haul. Jessica Lurie (Chant Records)



















Si me hubiera decantado por un sistema decimal exacto —y no alfabético— a la hora de
ordenar esta lista, Long Haul sería un firme candidato para encabezarla. Llama mucho la atención
que este título, reflejo de la odisea de escollos de una mujer con tanto talento para defender
su lugar en el mundo del jazz, sea tan optimista; no lo es tanto que cada tema visite escenarios
musicales impredictibles.
Nos lleva al asombro con una comodidad que casi agravia. Su fantástico uso del ritmo,
su eclecticismo y la capacidad de descripción envuelto en ese lenguaje tan imaginativo
de Lurie ofrecen una suerte de exposición musical enmarcada en una locura tan
insultantemente cuerda que nunca sabremos lo que sonará a continuación, pero estaremos
deseando descubrirlo.














Open Book. Fred Hersch (Palmetto Records)















Fred Hersch no es un pianista que toca, sino que es. Siempre es y se deja ser, pero cuando
presenta un trabajo solo ante su piano, todo lo que escucharemos y experimentaremos lo
entregará en ese raro material intangible del que están hechas la verdad y la emoción.


La libertad musical de Hersch es igual de pura en cualquiera de las concepciones a que el
propio músico de enfrenta —si es que a estas alturas lo hace. Los espíritus posiblemente
dejan de interesarse sobre conceptos, escalas o modos—, y el ejemplo más claro de Open Book
lo encontramos en los casi 20 minutos del paseo sin tiempo ni destino Through The Forest.


Si existe una melodía hermosa para Hersch, querrá ver dónde lo lleva sin importar quién
la firme. Es la música lo que importa; sólo ese momento importa. Y así lo encontramos,
improvisando y buceando sobre la belleza de una melodía: jugando a dos manos con el
Whisper Not de Benny Golson, dejando sin aire nuestros pulmones con Zingaro o consiguiendo
la versión instrumental de And So it Goes (Billy Joel) que jamás olvidaremos.











Uptown, Downtown. Bill Charlap Trio (Impulse Records)
















Cuánta buena música le debemos a este trío estos últimos años. Aún resuena Notes From New
York cuando en menos de un año tenemos la suerte de conocer este Uptown, Downtown.


Bill Charlap es un orfebre exquisito.


Da lo mismo que el trío opte por un tema Gerry Mulligan (Curtains), pasee por Broadway,
coquetee con los estándares con plácida lisura o sueñe con el duque; todo será «charlapiano»:
introspectivo en un modo generoso, con alzadas de sombrero para Peterson y ofreciendo
el trío de piano clásico que todo oído disfruta: imaginativo, desenvuelto y exhalando clase.


Y de postre, Sophisticated Lady de Ellington









© Textos: Mirian Arbalejo