sábado, 31 de marzo de 2018

Leonard Bernstein y el Jazz (II). El pequeño Lenny




Hay algo al intentar escribir sobre la vida de Leonard Bernstein que recuerda a ese realismo mágico tan presente en los autorelatos de las vidas de Louis Armstrong o Duke Ellington. Y, sí, reconozco el anacronismo aquí pero qué puedo hacer yo si el realismo mágico ya existía en básicamente cada palabra que estos músicos elegían para contar los eventos de sus vidas.


Quede claro que con la fecha de nacimiento este año no se juega; quiero decir con esto que sí, que Armstrong lo hizo, diciendo que había nacido un mes antes para darle un toque romántico porque si le hacíamos caso correspondía al 4 de julio, con lo que, básicamente, aún se celebraría su nacimiento en EE UU con fuegos artificiales. Pero Leonard Bernstein nació un 25 de agosto de 1918. Así sucedió. Sin duda. Estamos celebrando el centenario de su nacimiento en el momento correcto.


De todas formas, en el caso de Bernstein, para encontrar algún ejemplo entre lo real y otras materias, también podemos recurrir a su llegada a este mundo, pues la criatura fue bautizada Louis Bernstein para contentar a los abuelos maternos del bebé. A sus padres les gustaba el nombre Leonard, así que ignoraron los papeles oficiales y llamaron así a su hijo desde el principio.


Leonard Bernstein en 1921 con su madre, Jennie, y su padre, Samuel.
Fuente:  Library of Congress, Music Division



Más adelante, cuando Lenny sacó su licencia para conducir con 16 años, no dudó
en dedicar uno de sus primeros viajes en coche a visitar el registro para cambiar
oficialmente su nombre. Durante 16 años tuvo un nombre por el que nadie le
llamaba.

Leonard Bernstein no heredó un don familiar ni creció en un entorno especialmente melómano.
En su familia la música no era un eje ni por profesión ni por especial inclinación más allá de
la tradición religiosa que compartían sus padres: ambos fueron emigrantes judíos del noroeste
de Ucrania.


En su padre, Sam, no logró encontrar un apoyo para sus intereses artísticos.
Bernstein nació y creció en el estado de Massachusetts; en EE UU la música
bullía, era un crisol de géneros de todo origen (algunos incluso nacieron a la vez
que nuestro pequeño Leonard) mientras que en la experiencia de Sam, los
músicos eran sólo convocados para ceremonias religiosas y vivían de otro
trabajo; por eso siempre intentó que su hijo Lenny heredara el negocio
familiar de complementos de peluquería (negocio, por cierto, que Sam consiguió
liderar a nivel nacional). Pero no había duda de que lo de Leonard era la música,
y así lo dejó claro desde muy pequeño, desde el momento en que tecleó un piano.







Una de las primeras piezas que sacó al piano, para desesperación de su familia. Goodnight, Sweetheart 
fue a Lenny y los Bernstein lo que Tiger Rag a Bix y los Beiderbecke




El primer piano que entró en casa de los Bernstein lo cedió (junto con un sofá) su tía Clara. Nadie sabía tocarlo, pero entonces era algo común tener uno en casa por aquello de que “vestía”. Lenny se puso a ello al momento. Lo primero que hizo fue tratar de reproducir la música que sonaba en la radio, y así disfrutó durante un tiempo pero, pese a tener sólo 10 años, sabía que había llegado el momento de pedirle a su padre que le apuntara a clases de piano. Sam aceptó proveer una clase semanal por un dólar. El problema llegó cuando la capacidades del niño Bernstein quedaron claras para su joven profesora, que sugirió clases de mayor nivel. Las clases en el conservatorio en Boston costaban 3 dólares la hora, y Sam, que no vio problema en gastarse un dolar en lo que consideraba un capricho, se negó a un gasto mayor en algo que encontraba inútil.


Pero Leonard, que era tenaz y tenía clara su vocación, se negó a renunciar a su sueño.



La "colección verde" con que Bernstein aprendió a tocar los clásicos.
Su libro verde lo acompañó siempre. Era habitual que se lo llevara
de viaje o encontrarlo a la vista en su apartamento hasta el final.




Así que en este punto tenemos a un chaval de 12 años que quiere costearse las
clases en el conservatorio, pero su horario en la escuela no le permite repartir
periódicos (básicamente su única opción). ¿Qué hizo? Llamar a dos amigos (uno
saxofonista y otro baterista) y montar una pequeña banda de jazz para tocar
en bodas. No se trataba de un trío de jazz más que matemáticamente, pues las
partituras que tenían eran para formaciones de la época (más numerosas por
tanto), de modo que el piano, aparte de su propio papel, debía cumplir el de
clarinete, trompeta y trombón.



Contaba el propio Bernstein más adelante bastantes anécdotas sobre aquella
experiencia, como el encontrarse pianos sin siquiera marfil en las teclas, con lo
cual se enfrentaba al reto no sólo de cubrir la falta de instrumentos de
viento sino, básicamente, la de al mismo tiempo hacer sonar pianos
imposibles.

Pero aquella experiencia también le hizo llegar a conclusiones importantes,
integrando para siempre en él un nuevo tipo de conocimiento: el lenguaje del
jazz, el de la improvisación, el del blues; lenguajes que se aprendían tocando,
trascendiendo lo que el oído atrapaba en la radio. Algo que, según el propio
Bernstein, ya formó parte de él para siempre, al mismo nivel que hasta aquella
edad habían conseguido Chopin o Tchaikovsky. Y, posiblemente lo más importante:
fue difícil pero, sobre todo, fue tremendamente divertido.


En aquella época ya conocía la música de Gershwin —uno de sus héroes y
referentes musicales de por vida—; llevaba un tiempo tocando dúos a cuatro
manos con su amigo Sid Ramin y encontraron la partitura de Rhapsody In Blue
(En España la obra se tradujo Rapsodia In Blue) para piano solo. Estaban tan
emocionados que no sólo tocaron la pieza sin parar con lagrimones cayendo sobre
el teclado, sino que enseguida hicieron su propia versión para dos pianos.




Leonard Bernstein en 1976 dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de
Nueva York mientras toca el piano. Rhapsody In Blue. Todo por Gershwin.



Así que por ahora dejemos a un pequeño Lenny de 12 años que recibe una
formación de piano clásico, que quiere ser músico aunque no sepa muy bien
qué puede abarcar ese concepto y que sabe que no tiene un aliado para
lograrlo en su padre.


Tampoco vamos a olvidar a su amigo Sid, pues seguirá apareciendo en las
incursiones de Bernstein en el jazz, o, dicho con mayor precisión, del jazz en
Leonard Bernstein.



© Texto: Mirian Arbalejo







martes, 13 de marzo de 2018

'CLOSE UP' [Reseña]. Sara Serpa, Ingrid Laubrock, Erik Friedlander




La música creada en Close Up, el último trabajo de la vocalista y compositora Sara Serpa junto con Ingrid Laubrock (saxofones) y Erik Friedlander (violonchelo), no existe únicamente para ser escuchada, sino, posiblemente en mayor medida, para ser enfrentada.






No se trata de un disco que busque el entretenimiento (aunque el buen arte siempre llene nuestras horas con utilidad); es una puerta que se abre para encontrar al otro lado, sencilla y terriblemente, a nosotros mismos. Toda esta bendita y maldita pureza la intentaremos asumir a lo largo de un sendero pleno en riqueza, conmovedor en matices, avanzando al ritmo que sus nueve temas marcan desde una distribución musical y vital aritmética. El orden elegido es necesario; es real.



Las contradicciones que podemos encontrar en Close Up no son casuales; tienen raíces certeras en la concepción del acto artístico y humano que se lleva a cabo, en el que la música sucede hic et nunc, con el trío creando su urdimbre musical en la misma habitación y en el mismo momento (descartada queda la opción de grabar cada instrumento aparte según qué pistas). Es contradictorio asegurar, por ejemplo, que no nos encontramos ante un disco de jazz per se, pero la improvisación y la realidad son las claves de esta música; tampoco se trata de música clásica pero este trabajo debería sonar en auditorios: es llamativa la ilusión sensorial que por momentos experimentaremos de encontrarnos ante un espejismo polifónico, donde asimilaremos acordes que nos susurran a Kodály, a Peterson Berger o a creaciones sinfónicas del siglo XX. Todo ello, recordemos, a partir de tres intérpretes versátiles, profundamente compenetrados, cargados de curiosidad musical, terminantemente solventes y dichosamente creativos.




Las primeras notas hipnóticas de Object, la melancolía de Pássaros, entre lo melódico y lo contrapuntístico, haciendo cantar a los propios árboles; el tímido virtuosismo y la placidez que comunican saxo y voz para experimentar después entre la armonía y los límites de la desnudez de lo que trata el sonido en Sol Enganador… todo este tramo de envolventes experiencias nos han reclamado y encaminado hacia una suerte de pasaje dirigido.


Avanza desapacible The Future, en el que se ofrece un mensaje contundente entre las palabras de Virginia Woolf y la forma musical creada por el trío; contraponiendo un ritmo hipnótico con acordes límpidos en su heterodoxia. De nuevo, se engaña al cerebro con la ilusión de una polifonía contemporánea creada en realidad por tres instrumentos.


No debemos confiarnos del sereno refugio de Listening porque con Storm Coming enseguida aprenderemos que la calma puede también ser desapacible.







Woman es un tema significativo tanto para el disco como para la propia Serpa, y quien escucha será consciente de ello. Su composición unida al texto de la lingüista, filósofa y exponente intelectual del feminismo Luce Irigaray se interlaza con las conclusiones de la propia Serpa, que confiesa musicalmente la compleja asimilación de ciertas experiencias, como la falta de apoyo a que se enfrentan las mujeres artistas cuando deciden ser madres; en realidad el mensaje, por supuesto, va más allá: no olvidemos que nos encontramos ante una de las creadoras del movimiento We Have Voice.










La primera vez que el mundo escuchó Cantar Ao Fim fue una noche en las montañas. Improvisando. Cantando a la naturaleza. Gracias al deseo de compartir ese momento, la vocalista regala una improvisación que transmite sosiego; que es capaz de mecernos. Es una de las piezas más valiosas de este Close Up, referente este año del valor de la estética musical y de la capacidad vital de la música.






© Mirian Arbalejo






jueves, 8 de marzo de 2018

Día de la mujer. 8 de marzo de 2018. España



Hola, mis muy queridos lectores. Sólo quería compartir aquí algunos datos para que los recordéis, de ser posible, más allá del día de hoy. He decidido reducirlos a una parte específica de mi vida (porque si enumerara aquí situaciones biográficas pasaría como con las de cualquier otra mujer: tendríais lectura para el resto del año).

Bueno, pues ahí van algunos datos de este pequeño mundo que amo:

—La primera vez que escribí sobre jazz en prensa nacional impresa no se acreditó mi trabajo. Tampoco recibí remuneración.

—En dos ocasiones, al poco de presentarme a dos personas, visiblemente complacidas de que mostrara interés por el jazz (ambas veces sucedió en un club), me recomendaron una web de un tío que les parecía que sabía lo que se hacía (era, como estáis temiendo, mi propio blog).

—Este fin de semana me avisaron de que el Canal 24 horas de RTVE estaba emitiendo un programa sobre jazz. Me alegra muchísimo que se hiciera; especialmente sobre jazz en España. Aunque ya había empezado logré escuchar el testimonio de una veintena de personas. Todos eran hombres.

—Cuando escribí este artículo titulado «Jazz, mujeres, hecho artístico, divulgación y ejercicio intelectual» recibí un apoyo público y privado que me resultó muy reconfortante. No sólo de mis lectores aficionados al jazz, sino de mis lectores músicos de jazz. Atesoro esas reacciones. Fuera de España el apoyo fue aún más vehemente por parte de mis colegas, posiblemente porque se trabaja activamente para que esto no pase (os recuerdo, hoy más que nunca, la existencia de la carta abierta We Have Voice que sé que muchos ya habéis firmado).
Pese a que, como digo, encontré una reacción en general muy positiva, no faltó ganarme un casi anecdótico "feminazi" en redes y (esto sí debe parecernos grave) negacionismo por parte de los responsables de aquello que denunciaba. De hecho, y pese a que lo dejé claro en el artículo, lo repito hoy de nuevo: no es algo específico de un evento en un punto del país; ES LA NORMA.

—Esto me lleva a pediros que penséis en las mujeres que divulgan sobre jazz, programan, dirigen festivales, escriben, os hablan en la radio, leéis en prensa, son asesoras dentro de nuestro país sobre este tema, o directoras artísticas, parte de algún jurado, columnistas, críticas, educadoras... [FUERA de España evidentemente confirmo que yo misma cumplo varios de estos cometidos]. De 47 millones de españoles, ¿cuántas mujeres conocéis cubriendo estas actividades? ¿Sería mi gremio capaz de comprometerse con las demandas de sentido común de We Have Voice respecto a igualdad y rechazo al sexismo en el mundo del jazz? ¿No debería ser una exigencia básica?




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