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Leonard Bernstein y el Jazz (II). El pequeño Lenny




Hay algo al intentar escribir sobre la vida de Leonard Bernstein que recuerda a ese realismo mágico tan presente en los autorelatos de las vidas de Louis Armstrong o Duke Ellington. Y, sí, reconozco el anacronismo aquí pero qué puedo hacer yo si el realismo mágico ya existía en básicamente cada palabra que estos músicos elegían para contar los eventos de sus vidas.


Quede claro que con la fecha de nacimiento este año no se juega; quiero decir con esto que sí, que Armstrong lo hizo, diciendo que había nacido un mes antes para darle un toque romántico porque si le hacíamos caso correspondía al 4 de julio, con lo que, básicamente, aún se celebraría su nacimiento en EE UU con fuegos artificiales. Pero Leonard Bernstein nació un 25 de agosto de 1918. Así sucedió. Sin duda. Estamos celebrando el centenario de su nacimiento en el momento correcto.


De todas formas, en el caso de Bernstein, para encontrar algún ejemplo entre lo real y otras materias, también podemos recurrir a su llegada a este mundo, pues la criatura fue bautizada Louis Bernstein para contentar a los abuelos maternos del bebé. A sus padres les gustaba el nombre Leonard, así que ignoraron los papeles oficiales y llamaron así a su hijo desde el principio.


Leonard Bernstein en 1921 con su madre, Jennie, y su padre, Samuel.
Fuente:  Library of Congress, Music Division



Más adelante, cuando Lenny sacó su licencia para conducir con 16 años, no dudó
en dedicar uno de sus primeros viajes en coche a visitar el registro para cambiar
oficialmente su nombre. Durante 16 años tuvo un nombre por el que nadie le
llamaba.

Leonard Bernstein no heredó un don familiar ni creció en un entorno especialmente melómano.
En su familia la música no era un eje ni por profesión ni por especial inclinación más allá de
la tradición religiosa que compartían sus padres: ambos fueron emigrantes judíos del noroeste
de Ucrania.


En su padre, Sam, no logró encontrar un apoyo para sus intereses artísticos.
Bernstein nació y creció en el estado de Massachusetts; en EE UU la música
bullía, era un crisol de géneros de todo origen (algunos incluso nacieron a la vez
que nuestro pequeño Leonard) mientras que en la experiencia de Sam, los
músicos eran sólo convocados para ceremonias religiosas y vivían de otro
trabajo; por eso siempre intentó que su hijo Lenny heredara el negocio
familiar de complementos de peluquería (negocio, por cierto, que Sam consiguió
liderar a nivel nacional). Pero no había duda de que lo de Leonard era la música,
y así lo dejó claro desde muy pequeño, desde el momento en que tecleó un piano.







Una de las primeras piezas que sacó al piano, para desesperación de su familia. Goodnight, Sweetheart 
fue a Lenny y los Bernstein lo que Tiger Rag a Bix y los Beiderbecke




El primer piano que entró en casa de los Bernstein lo cedió (junto con un sofá) su tía Clara. Nadie sabía tocarlo, pero entonces era algo común tener uno en casa por aquello de que “vestía”. Lenny se puso a ello al momento. Lo primero que hizo fue tratar de reproducir la música que sonaba en la radio, y así disfrutó durante un tiempo pero, pese a tener sólo 10 años, sabía que había llegado el momento de pedirle a su padre que le apuntara a clases de piano. Sam aceptó proveer una clase semanal por un dólar. El problema llegó cuando la capacidades del niño Bernstein quedaron claras para su joven profesora, que sugirió clases de mayor nivel. Las clases en el conservatorio en Boston costaban 3 dólares la hora, y Sam, que no vio problema en gastarse un dolar en lo que consideraba un capricho, se negó a un gasto mayor en algo que encontraba inútil.


Pero Leonard, que era tenaz y tenía clara su vocación, se negó a renunciar a su sueño.



La "colección verde" con que Bernstein aprendió a tocar los clásicos.
Su libro verde lo acompañó siempre. Era habitual que se lo llevara
de viaje o encontrarlo a la vista en su apartamento hasta el final.




Así que en este punto tenemos a un chaval de 12 años que quiere costearse las
clases en el conservatorio, pero su horario en la escuela no le permite repartir
periódicos (básicamente su única opción). ¿Qué hizo? Llamar a dos amigos (uno
saxofonista y otro baterista) y montar una pequeña banda de jazz para tocar
en bodas. No se trataba de un trío de jazz más que matemáticamente, pues las
partituras que tenían eran para formaciones de la época (más numerosas por
tanto), de modo que el piano, aparte de su propio papel, debía cumplir el de
clarinete, trompeta y trombón.



Contaba el propio Bernstein más adelante bastantes anécdotas sobre aquella
experiencia, como el encontrarse pianos sin siquiera marfil en las teclas, con lo
cual se enfrentaba al reto no sólo de cubrir la falta de instrumentos de
viento sino, básicamente, la de al mismo tiempo hacer sonar pianos
imposibles.

Pero aquella experiencia también le hizo llegar a conclusiones importantes,
integrando para siempre en él un nuevo tipo de conocimiento: el lenguaje del
jazz, el de la improvisación, el del blues; lenguajes que se aprendían tocando,
trascendiendo lo que el oído atrapaba en la radio. Algo que, según el propio
Bernstein, ya formó parte de él para siempre, al mismo nivel que hasta aquella
edad habían conseguido Chopin o Tchaikovsky. Y, posiblemente lo más importante:
fue difícil pero, sobre todo, fue tremendamente divertido.


En aquella época ya conocía la música de Gershwin —uno de sus héroes y
referentes musicales de por vida—; llevaba un tiempo tocando dúos a cuatro
manos con su amigo Sid Ramin y encontraron la partitura de Rhapsody In Blue
(En España la obra se tradujo Rapsodia In Blue) para piano solo. Estaban tan
emocionados que no sólo tocaron la pieza sin parar con lagrimones cayendo sobre
el teclado, sino que enseguida hicieron su propia versión para dos pianos.




Leonard Bernstein en 1976 dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de
Nueva York mientras toca el piano. Rhapsody In Blue. Todo por Gershwin.



Así que por ahora dejemos a un pequeño Lenny de 12 años que recibe una
formación de piano clásico, que quiere ser músico aunque no sepa muy bien
qué puede abarcar ese concepto y que sabe que no tiene un aliado para
lograrlo en su padre.


Tampoco vamos a olvidar a su amigo Sid, pues seguirá apareciendo en las
incursiones de Bernstein en el jazz, o, dicho con mayor precisión, del jazz en
Leonard Bernstein.



© Texto: Mirian Arbalejo







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