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Cuide usted a su fotógrafo de jazz




Hace unos días tuve el honor de formar parte de la presentación de la exposición fotográfica de Esther Cidoncha en el Instituto Francés. En ella decidí hablar sobre tres circunstancias que acompañan a su trabajo y a su vida, pues quien fotografía jazz no suele caracterizarse simplemente por hacer fotos de una disciplina específica, sino por ser fotógrafo en un sentido más amplio que la mera ocupación puntual.

Sin embargo, flaco favor haremos si nos obcecamos en la percepción de esta figura romántica que consagra su vida a convertir el sonido en imagen olvidando el resto de sus circunstancias: las ajenas al artista, que son las que aporta el entorno.

Es importante recordar que, por lo general, el fotógrafo de jazz es aficionado del jazz. Pero a menudo ese entorno a que nos referimos convierte este hecho en una paradoja en vez de en la ventaja que esperaríamos en alguien que se dedica a algo que ama.

De modo que una de las displicentes circunstancias que marcan el trabajo de nuestros fotógrafos es la lucha contra esta paradoja.

Porque, de entre los fotógrafos que registran música posiblemente el que más sufre y el más incomprendido sea el fotógrafo de jazz, pues muy a menudo se comete el error de considerarlos meros técnicos en vez de reconocerlos como artistas.


Lionel Hampton fotografiado por Esther Cidoncha
No es posible realizar una fotografía como ésta en la mayoría de nuestros festivales


Al indicar que sufren hay que situar nuestra paradoja muy especialmente en los festivales y raramente en los clubes.

Cuanto más puro es el lugar donde tiene lugar el acto musical, cuanto más se conoce el jazz, más fácil será que el fotógrafo sea reconocido.

Por eso resultará más fácil verlos bucear en determinados clubes de jazz, como pez en el agua, donde es posible que realicen el trabajo artístico a que aspiran, en su caldo de cultivo.

En los últimos años hemos presenciado cómo nuestros fotógrafos han tenido que plantearse la decisión de desligarse de ciertos festivales para luchar contra esta paradoja y exigir respeto para alcanzar la excelencia en su trabajo.

Decía Esther Cidoncha que lo que convierte la fotografía en arte es que transmita más allá de la mera documentación. El fotógrafo de jazz —al menos uno que se precie de serlo—  no es un simple informador; no aspira a tirar tres mil fotos en un minuto y ver qué sale. Conoce el objeto deseado por su cámara —en este caso el músico y lo que lo rodea: desde sus ademanes hasta la peculiaridad de su instrumento—, de modo que fotografiar por fotografiar no es su meta.

¿Sabíais que en la actualidad una norma común en muchos festivales de jazz consiste en permitir que el fotógrafo tome fotos durante unos minutos (3 con suerte) pero no a quedarse a escuchar el concierto? Como si el fotógrafo fuera una maquinaria técnica y no un testigo de excepción de una música que respetan. ¿O que en cierta ocasión se llegó al disparate de pedir a los profesionales de la fotografía de jazz pagar la entrada al recinto para desempeñar su trabajo?

En el caso de Esther creo que ser selectiva con los festivales a que asistía en esta lucha contra la paradoja cobraba —por desgracia— gran sentido.


Sonny Simmons fotografiado por Esther Cidoncha
No es posible realizar una fotografía como ésta en la mayoría de nuestros festivales


Si las promotoras y equipos de prensa de los festivales o los gerentes de puntuales clubes adujeran que existen demasiados fotógrafos para pocas acreditaciones, debemos recordar entonces que los fotógrafos especializados en jazz son muy muy poquitos.

Quizá podrían tomar nota de festivales como Newport, Jazz à Luz, o los nacionales con menos pompa pero donde es posible realizar un trabajo, donde un pase recobra el sentido de la palabra y el fotógrafo puede plasmar el jazz no sólo en un escenario, sino también entre bambalinas e incluso en los camerinos. No es difícil pedir las referencias de estos fotógrafos antes de un evento y permitirles un acceso real. De hecho, en el ámbito nacional, creo que estas referencias deberían ser conocidas de antemano por los organizadores pues, como se ha señalado anteriormente, los nombres de nuestros fotógrafos de jazz conforman una lista ínfima.

Sin esa libertad del artista nos perderíamos instantáneas inolvidables de escenas en camerinos, detalles de instrumentos, del músico dentro y fuera de su elemento.


Sin el reconocimiento del fotógrafo como un artista y no como un técnico, muchas de las fotos que amamos, que forman parte de exposiciones o ganan premios no existirían.


©Texto: Mirian Arbalejo
@ Fotografías: Esther Cidoncha



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