martes, 1 de mayo de 2018

Entornos [más] justos. Espacios [más] seguros. El código de conducta del colectivo 'We Have Voice'






Terminaba 2017 cuando se creó el colectivo We Have Voice. En él un grupo de mujeres relacionadas con el jazz escribía una carta abierta enfocada a acabar con la discriminación y el abuso sexual, invitándonos a firmar para comprometernos con una cultura equitativa. Medio año y casi mil firmas después, el colectivo hace hoy público un código de conducta en el que ha estado trabajando con prolija dedicación.

Este código se presenta sobre dos pilares: definiciones y compromisos.

El hecho de que ofrecer definiciones sobre consentimiento y abuso sea tan categóricamente necesario debería responder a un chasquido de vuelta a la vigilia para quien aún ande desorientado sobre realidades vitalmente fundamentales.

Esta última semana en España ha sido doloroso comprobar que, en efecto, no sólo la consideración de qué es consentimiento sino, directamente, la de violación es interpretable a efectos legales, dependiendo por tanto de la visión de un individuo por carecer la ley de una definición rotunda, completa e indubitable.

De modo que, efectivamente, para llevar a cabo los compromisos parece claro que necesitamos antes dichas definiciones.

Tomando como ejemplo la esencial comprensión de lo que implica consentimiento, el código nos ofrece esta definición:


El consentimiento es un acuerdo claro y carente de ambigüedad para participar en una actividad concreta. Se expresa por medio de acciones o palabras mutuamente comprensibles. El consentimiento es recíproco y no se obtiene a la fuerza. Lo menores por el hecho de serlo no pueden ofrecer consentimiento. Alguien sin su plena capacidad debido al alcohol, drogas o cualquier otra sustancia no es capaz de ofrecer su consentimiento. Añade a continuación cómo la dinámica de poder, el abuso de una posición de superioridad (ya sea física, institucional, económica...) impacta directamente en la posibilidad de ofrecer consentimiento.

Aporta otras definiciones como acoso o —y esto también merece nuestra reflexión— entorno de trabajo. De hecho la comprensión de este hecho es fundamental para el colectivo:



Un entorno más seguro es un espacio (físico o virtual) equilibrado y saludable donde todo individuo se siente respetado y valorado independientemente de su sexo, edad, inclinación sexual, raza, cultura, posición social, nivel económico, religión o grado de (dis)capacidad.


En este punto, hemos de recordar que el colectivo ofrece las herramientas para evitar abuso o discriminación (tema que ya hemos confrontado aquí anteriormente) para que así podamos comprometernos a llevarlo a cabo.

Apenas han pasado unas horas y ya se han adscrito al código de conducta el Festival de Jazz de Invierno de Nueva York (WINTER JAZZFEST NYC), Bloodshot Records, Greenleaf Music, Hyde Park Jazz Festival, National Jazz Museum in Harlem, New York Jazz Workshop, The New School: School of Jazz and Contemporary Music o el sello discográfico Biophilia Records.






La idea es por tanto promover un compromiso con lo debería ser la norma: igualdad y seguridad para el desarrollo de las artes en todas sus expresiones (la artística, por supuesto, pero también la gestión, curación o divulgación, por poner algunos ejemplos). Es tan sencillo como descargar de la página tanto el código como el logo y hacerlos visibles en clubes, festivales, oficinas, escuelas, redacciones, estudios de grabación, etc.

Debería suponernos algo sencillo comprometernos a no tener tolerancia con actitudes inaceptables. Deseo una respuesta masiva.




Mirian Arbalejo






El colectivo We Have Voice está formado por Fay Victor, Ganavya Doraiswamy, Imani Uzuri, Jen Shyu, Kavita Shah, Linda May Han Oh, María Grand, Nicole Mitchell, Okkyung Lee, Rajna Swaminathan, Sara Serpa, Tamar Sella, Terri Lyne Carrington y Tia Fuller.





Fuente: We Have Voice



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