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La Fábula de la Mujer Incorpórea

 

Retrato de 14 meses sin música en directo






La primera norma en el ejercicio de la crítica es no hablar de uno mismo. La principal razón es que tú no eres el tema a discutir, sino una obra artística. El segundo, honestamente, es que ni pintas nada en el escenario de otro ni a nadie le interesas.

Hoy no voy a escribir una crónica —como habría hecho en el pasado—, sino un pequeño ensayo en el que debo unir circunstancias y experiencias personales —prometo que lo mínimo posible— con hechos tanto históricos como artísticos.



***


En noviembre de 2019 asistí al concierto de Myra Melford en JazzMadrid19. Piano solo. Fue un regalo para mí porque por razones totalmente subjetivas disfruto especialmente lo que sucede cuando los creadores se enfrentan a su instrumento sin acompañamiento alguno; suelen ofrecer una doble dimensión (musical y vital) que absorbo con especial avidez. Si se trata además de una de tus artistas contemporáneas favoritas, es como cantar bingo.

Canté bingo.

La música de Melford me tomó y me llevó. Fortaleció mi esencia. Y eso es un obsequio inestimable siempre, pero especialmente cuando sabes que en unos días vas a enfrentarte a una situación extrema con inciertas consecuencias y desconocida perdurabilidad. 

El piano solo de Melford ayudó.

Todos tenemos nuestros refugios, consciente o inconscientemente; reconocerlos o acudir a ellos de manera automática es algo básico para el ser humano.

Y yo, como todos, tengo los míos. La interpretación en directo de una música honesta es una de las más valiosas. 

Sabía que estaría un tiempo indeterminado sin escucharla; quizá unos meses. Lo que no esperaba es que una convalecencia se convertiría en un confinamiento por una pandemia mundial (aún me resulta una locura escribir esta frase).

No; en modo alguno imaginaba un mundo sin música en directo, y lo cierto es que, de haberme considerado durante años una testigo privilegiada en esta pequeña comunidad que atesoro tanto, pronto el contacto con músicos, promotores, gerentes de clubes o festivales de jazz se convirtió en una maldición, porque estar informada sobre una realidad inconcebible desde un teléfono ha sido difícil.

En otras ocasiones he comentado esto: España es una gran ironía. Es el país de las artes. De la cultura. Pero no lo es por el cuidado institucional que reciben. Y el jazz, absoluta mina de diamantes de este país, sigue colocado en el estante inaccesible (y olvidado) del trastero de las administraciones.

Esto era así antes de la pandemia. Sobrevivir era difícil para esta comunidad. Y el funambulismo no puede continuar cuando se corta la cuerda.

Maldición, decía antes. Así parecía el contenido de muchas conversaciones, noticias (la falta de ellas también), la indolencia sistémica de los responsables públicos, la incertidumbre y las trabas de los estultos.

Necesitamos que se entre a ese trastero, donde más que polvo hay desidia. Que no se limpie la repisa; que se aparte lo superfluo y se mire al diamante.



***



14 meses sin experimentar el hecho artístico en su real expresión (el directo, el hic et nunc) es como tener una herida. Notas que está ahí pero tratas de no tocarla.

Por eso, volver a presenciarlo crea una cierta incertidumbre emocional, y, en mi caso, también una inesperada respuesta física.

Al entrar de nuevo a un club de jazz (en este caso el Café Berlín), lo primero que se activó fue la memoria olfativa (sí, pese a la mascarilla). También la auditiva con el sonido de los pasos sobre aquellos materiales conocidos. 

Al llegar a la sala tuve que parar un momento. Y mirar. Veía claramente a diferentes personas, hablando conmigo o con otros, apoyadas en la barra, sentadas en las butaquitas, charlando en el sofá del camerino: momentos que ocurrieron y que ahora se desplegaban como fantasmas de emoción.

Carteles de la Bienal de Flamenco de los Países Bajos, que decidió emitir las actuaciones desde Madrid y Sevilla ante la imposibilidad sanitaria de la celebración en sus sedes habituales, recordaban el inminente concierto de jazz flamenco de quien es su músico residente invitado de este año, el polifacético contrabajista Pablo Martín Caminero, que presentaría en primicia su nuevo proyecto, que podremos escuchar en el álbum Al Toque, aún por publicarse.

Caminero Trío (con Moisés P. Sánchez al piano y Paquito González a la percusión) es la expresión final de un trabajo de transcripción y adaptación de Caminero a partir de grandes obras de los maestros de la guitarra flamenca (Sabicas, Manolo Sanlúcar, Moraíto Chico, Vicente Amigo, Cañizares, Rafael Riqueni o Paco de Lucía) a trío no clásico de jazz, iconoclasta en su concepción e instrumentistas, especialmente por la vertebración rítmica de Paquito González.




Preveía, tras las sensaciones de la entrada al club, que me cortaría la respiración escuchar la primera nota, pero no que se extendería por el cuerpo como una planta trepadora o un remolino de agua. Las vibraciones que crea la música acústica siempre me han resultado artística y vitalmente un componente de peso en todos los géneros musicales que optan por estos instrumentos, pero nunca antes había sido tan plena la sensación de recibirlas y sentirlas transportarse por este cuerpo que en ese momento era mucho más líquido que en los porcentajes científicos.

La atención no tenía otro foco que lo que sucedía en aquel escenario, y experimentaba una cierta ubicuidad relajada y absorbente.

Los arreglos de Caminero reclamaron un especial protagonismo en este proyecto, donde tanto piano como contrabajo interpretaron falsetas de guitarra flamenca en transcripciones técnicamente desafiantes, intercaladas por solos que enriquecieron la imaginación del proyecto y una casi dulzura en la lírica que aportó el uso del arco en torno a las bases rítmicas de pulso flamenco que marcó González.

Aquello fue un hecho artístico de gran componente sensible y sensitivo, de la víscera y de lo inmaterial.

Los sonidos, las vibraciones, las inhalaciones que incitan los cambios armónicos... la música en resumen me tomó y me llevó lejos de mí. Lejos pero dentro de mí. En una existencia dichosamente incorpórea y sensiblemente plena.

En ese estado al que el ser humano ha recurrido desde la bipedestación y que hoy necesitamos más que nunca.


© Mirian Arbalejo




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