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La Crítica Musical en el siglo XXI: De Prueba de Obstáculos a Rito de Indignidad







Toda aventura tiene su origen. Quiero contaros el de mis publicaciones aquí.

Un buen concierto de jazz es un hecho artístico que no es fácil de transportar a palabras. Pero es importante intentarlo para que quede constancia de lo creado. Esto ha sucedido siempre en todo tipo de intereses humanos. La logografía se ocupaba de registrar y de hacer saber costumbres, gestas, actuaciones políticas y, cómo no, creaciones artísticas.

Siempre he considerado una crónica musical como un acto de logografía.

Tras un buen concierto, con las sensaciones aún vívidas, buscaba en prensa la crónica del mismo para conseguir una cierta continuación y un mayor conocimiento. Muy rara vez encontraba algo publicado al respecto, de modo que en cierto momento decidí ser yo quien lo hiciera, convencida de que había muchos que actuaban como yo, ávidos por esa continuidad y desarrollo sobre lo presenciado. 

Y esa fue mi primera motivación para crear It Don't Mean A Thing (hace de aquello tantos años que ni siquiera tenía ese nombre).

En cierto punto tuve que enfrentarme a la necesidad de contar con unas normas éticas que, hasta ahora, convencida de que son las más adecuadas, he seguido con celo.

Una de ellas fue consecuencia de una pregunta que me realizó un músico. Quería saber cuánto cobraba por la reseña de un disco. Me quedé un poco estupefacta porque nunca se me habría ocurrido que alguien cobrara por una reseña. Ojo, no estoy hablando de cobrar tu sueldo por un trabajo en el que tangencialmente publican reseñas o se redactan notas para un disco. No. Me refiero a hacer un trato específico con un músico y cobrarle por escribir sobre su trabajo. En una situación así, desde mi punto de vista, no es posible escribir con imparcialidad.

La crítica bien entendida requiere documentación, honestidad e imparcialidad; esa es mi convicción. Dentro de esa honestidad hay que reconocer los límites propios, por ello no publico textos sobre temas (o géneros) que no conozco bien. Nunca debe ser un ejercicio de vanidad, sino de divulgación.

Sin honestidad absoluta, la crítica musical es papel mojado (o pantalla pixelada, como prefiráis).

Retomo ahora el concepto de divulgación como columna vertebral de mi trabajo; específicamente el que realizo en mi página (cuando publico en otras plataformas, evidentemente no gestiono las mismas). En la era de las infinitas posibilidades para indagar, con un acceso a la Cultura imponente, estamos más desinformados que nunca

Las motivaciones, el esfuerzo por realizar un trabajo digno y la satisfacción de dejar un lector informado importa. La divulgación siempre conlleva esfuerzo y un compromiso particular. It Don't Mean A Thing es el resultado de un compromiso que he elegido libremente. Creo que los temas sobre los que aquí escribo, los sonidos que intento describir con palabras, los hechos artísticos que presencio son de interés. Esta página es además autofinanciada; ni siquiera permite publicidad de Google porque si lo hiciera no podría utilizar fotografías que creo que ayudan a ese principio de divulgación.

Sin embargo, a veces no puedo realizar el trabajo que desearía; concretamente en esa logografía de que os hablaba al principio.

Quizá os habréis preguntado en alguna ocasión por qué no he escrito sobre cierto concierto. Tengo dos respuestas: no pude ir o no fui acreditada. Si no soy acreditada no escribiré una crónica; me acredito porque voy a trabajar. De igual modo que no me acredito a un concierto si voy a disfrutarlo como parte de mi tiempo personal y por tanto no voy a trabajar y no habrá publicación al respecto.

Hasta la fecha la negativa para una acreditación me ha sucedido en dos ocasiones pero sé que seguirá ocurriendo (posiblemente de forma exponencial) en el futuro. Para hacer esta aseveración me baso en la observación de un patrón preocupante del que enseguida os hablaré y en la experiencia de mis colegas (específicamente españoles y estadounidenses).

Hace unos meses escribía sobre esta problemática centrándome en los fotógrafos de jazz:



¿Sabíais que en la actualidad una norma común en muchos festivales de jazz consiste en permitir que el fotógrafo tome fotos durante unos minutos (3 con suerte) pero no a quedarse a escuchar el concierto? Como si el fotógrafo fuera una maquinaria técnica y no un testigo de excepción de una música que respetan. ¿O que en cierta ocasión se llegó al disparate de pedir a los profesionales de la fotografía de jazz pagar la entrada al recinto para desempeñar su trabajo?

Una de las mayores paradojas que encontré es la que sigue:


Sin el reconocimiento del fotógrafo como un artista y no como un técnico, muchas de las fotos que amamos, que forman parte de exposiciones o ganan premios no existirían.


Creo firmemente que cuando se hace un trabajo digno es necesario exigir a otros el respeto que a ti te debes. 

Estamos confundiendo la crítica musical con la mercadotecnia, cuando en realidad son ejercicios antagónicos. 

No sé cómo puede pararse esta tendencia. En este momento sólo se me ocurre hacerlo desde mi plataforma y mis años de compromiso por divulgar, mejorar y realizar un trabajo digno.

Es justo aclarar que sigue habiendo un contacto personal con algunos gabinetes de prensa; en mi experiencia suelen ser grandes instituciones o pequeñas (en el sentido del aforo, ojo) empresas.

Sin embargo se ha extendido la costumbre de crear plataformas virtuales para realizar este contacto. Por ejemplo, en las acreditaciones. Supongo que este modelo resultará positivo de algún modo, que ayudará a la gestión de algunas promotoras y festivales. 


Pero no hay manera de encontrar justificación a este modus operandi:




Última casilla que he encontrado esta mañana al gestionar la
acreditación para un concierto en un festival nacional de música


Hemos hablado de honestidad, respeto por un trabajo digno, compromiso con uno mismo y con sus lectores, y principios éticos en la crítica musical. 

Imaginad mi estupefacción cuando la condición imprescindible para gestionar una acreditación es ejercer de publicista y community manager de un festival. Ni es mi trabajo aquí ni deseo que lo sea, pero, sobre todo, apreciaría que no se me pida tal cosa, que se me permita hacer mi trabajo; un trabajo que en muchas ocasiones resulta de una relación profesional fructífera y satisfactoria, en el que nuestro trabajo se reconoce y en ocasiones hasta se agradece y alaba.


Si tratar de realizar un trabajo digno es cada vez más espinoso, si hay que renunciar a principios intrínsecos a nuestra labor y subirnos a un tiovivo de tareas cuando menos impropias, tendremos que dejar la crítica musical como quien suelta lastre y ponerle otro nombre.






©Mirian Arbalejo























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